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La salud y el lujo de encontrar el origen

La salud es, sin duda, uno de los lujos más deseados, buscados y esperados por las personas. Y, paradójicamente, también uno de los más escasos. Son muy pocos quienes pueden…

La salud es, sin duda, uno de los lujos más deseados, buscados y esperados por las personas. Y, paradójicamente, también uno de los más escasos. Son muy pocos quienes pueden decir que gozan de una “buena salud” en sentido pleno.

Según el Global Burden of Disease Study, uno de los análisis de salud más completos a nivel mundial y publicado en The Lancet, solo entre un 4 y un 5 % de la población global no presenta ningún problema de salud. Y no hablamos únicamente de salud física, sino también de salud mental, emocional, social, espiritual, ambiental , laboral financiera. Somos seres integrales, y en alguna —o varias— de estas dimensiones, todos queremos mejorar en algún area.

Esta mirada no es nueva. Ya lo planteaba Hipócrates, considerado el padre de la medicina, cuando afirmaba que la salud depende del equilibrio entre cuerpo y mente, y que las emociones y los traumas pueden manifestarse en el cuerpo a través de lo que hoy conocemos como somatización

Somatización del cuerpo

De ahí surge una idea que hoy comparten múltiples autores y corrientes científicas y terapéuticas:
el cuerpo habla antes de que la mente lo entienda.

Vivimos en un mundo que intenta sanar al revés. Muchas veces aliviamos el síntoma —y a veces funciona—, pero luego volvemos al piloto automático de la vida cotidiana. Dejamos de observarnos, normalizamos el cansancio, el dolor o el malestar, mientras nuestra mente se mueve entre el futuro (ansiedad) y el pasado (depresión). Así, la salud comienza a deteriorarse lentamente: a veces el cuerpo avisa… y a veces, lamentablemente, no alcanza a hacerlo.

Hoy puedo decir que agradezco a mi psoriasis. Ella es mi señal de alerta. Es la forma en que mi cuerpo me avisa que algo se ha desbalanceado, que alguna dimensión de mi salud no está funcionando bien. Me invita a observar, a prestar atención, a preguntarme qué debo mejorar, qué debo soltar, qué debo regular y, finalmente, en qué debo confiar.

Escribirlo suena simple. Vivirlo, no tanto. Decir y entender es fácil; elegir y cambiar es donde realmente comienza el camino hacia el origen de la salud.

¿Quién nos enseña a elegir?
Hoy existen múltiples fuentes: profesionales especializados, evidencia científica, y también el autoaprendizaje consciente, ese proceso profundo de conocer de qué estamos hechos —desde nuestras raíces hasta nuestra composición física— para tomar mejores decisiones.

Ahí comienza una verdadera recapitalización de la vida. Nos detenemos a observar patrones, pensamientos y creencias, entendiendo que ellos dan origen a nuestros hábitos, y que son esos hábitos los que nos acercan o nos alejan de la salud.

Por eso, para llegar al origen del bienestar, necesitamos conectar la ciencia con la consciencia. Informarnos para formarnos. Conocer para elegir mejor. Entrenarnos para cuidarnos, y cuidarnos para cuidar: a otros, al entorno y al planeta.

Solo así podemos dejar de perseguir la salud como algo lejano o exclusivo, y volver a habitarla en lo cotidiano, con decisiones conscientes, basadas en evidencia y coherentes con nuestra forma de vivir.

Para finalmente encontrar la salud y comprenderla como lo que siempre debió ser: un derecho, no un lujo.